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Jueves, 27 de febrero de 2025



FORO DE LECTORES


¿Cuál de nuestros lados pesa más, el bueno o el malo?

Tania Molina Rojas [email protected] | Jueves 27 febrero, 2025


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Tania Molina Rojas

Criminóloga / Escritora : Futuro Secuestrado

Llevamos mucho tiempo intentando dilucidar la cuestión de la bondad de las personas. Platón describió el bien como el sol que ilumina nuestro afán y lo dota de sentido; después, Aristóteles, Tomás de Aquino y Emmanuel Kant abordaron esta cuestión clave de la filosofía. Kant asumió que el bien es inherente a nuestra razón y nos permite respetar las leyes. ¿Significa esto que tenemos que pensar siempre primero antes de hacer el bien?

 ¿Imaginemos que una persona se cae? ¿Le ayudamos a levantarse por impulso de una forma intuitiva, como si estuviéramos bajo el sol de Platón, o seguimos nuestro camino en la era de la desconfianza en que nos encontramos? Peor aún, ¿sacamos el celular para grabar de inmediato sin intervenir, sin solucionar, solo por el morbo de compartir el mal que le ha ocurrido a otro?

 ¿Por qué sigue el mal filtrándose en nuestras acciones de forma cotidiana? En la película El señor de las moscas (1990), basada en la novela de William Golding (1954), se ofrece una posible respuesta. Un grupo de niños naufraga en una isla; muy pronto la traición y la violencia se empiezan a propagar, sobreviene el conflicto y la isla termina ardiendo. Al final, los niños son rescatados por marines británicos. El mensaje: el mal estalla cuando falla el poder que ordena la civilización. Más o menos lo que el filósofo inglés Thomas Hobbes definió en el siglo XVI como estado de naturaleza. Según Hobbes, el ser humano se mueve por la desconfianza, la competencia y la necesidad de reconocimiento; así es como se termina luchando en unos todos contra todos. Según él, esta condición no puede ser superada mediante el propio esfuerzo, por lo que se requiere un soberano absoluto que establezca un orden; de lo contrario, la vida será salvaje y corta.

 La desconfianza y la competencia nos determina o acaso cerramos la puerta con llave, ponemos la alarma o levantamos muros, porque aun cuando tenemos policía pensamos que el prójimo entrará y nos robará, ¿y esto entonces nos describe como seres humanos o tiene más que ver con una situación social concreta?, es otra interrogante. El entorno en que vivimos incide en que actuemos bien o mal.

En 1971, un experimento social en la prisión de Stanford, del psicólogo Philip G. Zimbardo, ubicó a un grupo de estudiantes en una cárcel réplica. La mitad debía ser vigilante, la otra, prisioneros, y allí lograr observar todo lo que sucedía sin ninguna intervención externa. El primer día los guardias pasaban lista una y otra vez; además, obligaban a los presos a realizar flexiones. Rápidamente, los presos se levantaron en protesta y los guardias reaccionaron con violencia. Duró 6 días el experimento; el Dr. Zimbardo explicó que la fuerza de la situación, llevar los uniformes y el contexto de la prisión los obligó a comportarse así. El experimento cobró fama como prueba evidente de la fuerza de la situación; que además pretendía encontrar explicación a los acontecimientos que produjo el nacionalsocialismo y cómo las personas podían ser capaces de actuar de esa forma. Esto parecía demostrar que un ambiente violento saca lo peor del ser humano. Quiere decir esto que bajo ciertas circunstancias (los niños de la isla, los guardias de la prisión) se abre inevitablemente la puerta del mal. Empero, si el famoso experimento que sirvió como prueba de la maldad del ser humano fue manipulado y los verdaderos jóvenes de la isla convivieron en armonía durante más de un año, podríamos pensar que lo que pasa es que nos encantan las historias de personas malas.

Algunos historiadores han señalado cuál ha sido el momento en que los humanos empezaron a violentarse unos a otros. ¿En el paleolítico o en el neolítico, dónde? Cazadores y recolectores, humanos sin nada más en mente que cazar y luchar, gente muy dura, o por lo menos así los imaginamos; sin embargo, algunos expertos señalan que permanecían en grupos pequeños y eran nómadas. Y, además, al encontrarse, tendían a evitar situaciones de conflicto e incluso moverse hacia otros sitios.

Jean Jacques Rousseau, filósofo francés, decía que el origen de todos los males fue cuando la civilización nos alcanzó, y que la propiedad y las delimitaciones del territorio son la fuente de todo mal comportamiento. Para Rousseau, la sociabilidad trae consigo el vicio; cuanto más social, mayor vicio. Cuanta más civilización, mayor desgracia.

Desde hace 6500 años se observan signos evidentes, fortalezas, asesinatos con armas y fosas comunes. Entonces, se equivocó Hobbes sobre el estado violento de la naturaleza. ¿Tenía razón Rousseau? Porque, por lo que parece, con el sedentarismo, la construcción de casas y el aumento de la densidad de población, llegó también la guerra. Los seres humanos han sido nómadas durante la mayor parte de su existencia; en el caso de Europa, vivieron sin asentarse durante más de cuarenta mil años. Si las guerras llegaron después, ¿significa esto que el humano ha sido pacífico durante la mayor parte de su existencia?

Más recientemente, en 2006 en la Universidad de Michigan, mostraron cómo, a partir de experimentos con niños de 18 meses, estos ayudaron espontáneamente a otras personas; sin embargo, esa bondad original se elimina cuando se premia a los niños por ayudar. Es ahí cuando el altruismo innato se convierte en una acción interesada; es cuando solo somos buenos si obtenemos algo a cambio. Entonces, ¿el bien y el mal van de la mano? Cuando sentimos que nuestra identidad está en peligro, nuestra capacidad de empatía y humanidad puede desaparecer rápidamente. ¿Cómo podemos evitar menospreciar a otras personas y actuar de forma agresiva contra ellas o, dicho de otra forma, cómo es una sociedad que estimula el bien?

Promoviendo un nuevo realismo, donde las buenas acciones deben llamarnos más la atención y, por efecto imitativo, replicarse, donde la normalidad sea hacer el bien.

Hoy en día, las reflexiones entorno a la violencia podrían llevarnos a revisar las bases históricas, las corrientes ideológicas y filosóficas, pero la acción humana inherente, la que conduce a replantear inexorablemente nuestra existencia es el apego al bien. De ahí que, la sociedad debe ser cauta en la forma como da crédito a las acciones de personas que se atrincheran en la violencia para conseguir unos fines políticos o económicos específicos. El seguir, aplaudir, motivar, dar escenario o promover personas violentas traerán necesariamente la reproducción de más acciones degradantes para la humanidad y es ahí, en dónde debemos poner un alto inmediato. El bien conduce al bien, la humanidad debe repeler todo acto de violencia en todo espacio de interacción humana, sólo así se construye la cultura de paz.







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